La Tumba (Un Relato Desde La Cárcel De Brians II)

En una panorámica puesta de sol, el cementerio comenzaba a llenarse de todos los aromas de flores frescas. Es el día 1 de noviembre, día de todos los santos. Los familiares iban a de un lado para otro con caras afligidas, especialmente las madres de hombres y mujeres que allí dentro se encontraban en nichos y tumbas. Otras más alegres tratando de disimular el dolor y la rabia que sentían hacia aquellxs que habían cometido la atrocidad de ser responsables directos o indirectos de provocar su entierro. Pues estaban allí desde los más jóvenes hasta los más ancianos. La vida es cruel para todxs los que duermen eternamente allí.

No todxs tenían el mismo cuidadoso y delicado trato. El contraste del mármol cincelado reflejando un arcoíris encandilaba a los visitantes de aquel hermoso día soleado y casi primaveral. Raramente ocurría un fenómeno de la naturaleza invernal como se podía ver ese día. Un sitio más opaco en el lugar donde se encontraban mucho más hacinadxs y olvidadxs por toda la sociedad, ciudad y pueblo. El osario o fosa de lxs olvidadxs, allí dormían eternamente los indigentes, sin techo y otrxs muchxs que fueron ejecutadxs por un mazazo que con dignidad y valor soportaron. En aquel lugar conocí a familias de expropiadores de bancos con los que yo me sentía identificado.

Lo que me extrañó de aquel sacro lugar fue un nicho que estaba tapado con una capa de hormigón, con flores marchitadas que debido a los años estaban en descomposición. Nadie se ocupó de esta tumba más que algunxs seres humanos que solidariamente en ocasiones cambiaban las flores. Había muchas tumbas así, pero la número 42 tenía una forma geométrica que me llamó la atención. Parecía ser una lágrima con una tonalidad rojiza y mi curiosidad me impulsó a pasar mi mano con los dedos secos. La lágrima ya no estaba, había desaparecido! Como si de magia se tratara, mis dedos se empañaron, tenía sangre en el índice. Me asusté, me inundó una sensación extraña y me marché de allí.

Al año siguiente volví. Todo seguía igual, así que me dirigí a la tumba sin nombre número 42 y me quedé estupefacto. La lágrima, exactamente la misma, seguía allí como si brotara de nuevo. Así que decidí hablar con el encargado de la vigilancia y mantenimiento del cementerio para preguntarle quién era la persona que se encontraba allí. Debía ser sordo-mudo porque no me respondía, sólo hacía gestos con las manos entre el tumulto de las gentes que allí nos encontramos. Antes de venir los familiares a ver a sus hermanxs y depositar todo tipo de objetos y flores, solo hablaba con los allí presentes en ese momento y que daban vueltas por todo el camposanto. Me di cuenta de un detalle, algunxs no tenían cruces ni objetos religiosos, y eran los únicos con los que hablaba y mantenía largas conversaciones. Con algunas excepciones también tenía charlas con algunas personas que llevaban iconos, pero con otras no podía hablar, siempre surgía alguna diferencia.

De pronto ví a muchas personas, un grupito de ellas me eran familiares. Me decido a ir hasta allí para preguntarles si eran los familiares de la persona enterrada en la tumba número 42, pero no me contestaron. Suponía que andaban afligidos, así que no lo tuve en cuenta y le resté importancia. Cuando se marcharon vi a una anciana solitaria que puso flores frescas y mientras hacía este recordatorio se deslizaba por su mejilla una lágrima. Me fijé en la tumba y atónito contemplé al lado de una pintada donde ponía “que la tierra te sea leve” cómo surgía una lágrima roja. Me emocioné y derramé una lágrima, me llevé las manos a los ojos para secármelos y entonces me di cuenta de todo. La lágrima de la tumba número 42 desapareció. Bajé la cabeza y miré como mi mano estaba llena de sangre.

Dedicado a todxs lxs presxs y sus madres, a todxs los hombres y mujeres libres que dieron su vida por una causa justa luchando contra las injusticias. Con amor,

El preso que yace en la celda 42 de C.P. Brians II

Fuente: Tokata